Hoy, 18 de octubre, Juan Tamariz habría cumplido 84 años.

Es su primer cumpleaños sin él desde que nos dejó el pasado agosto y, aunque todavía cuesta muchísimo escribir esa frase, no se me ocurre una forma mejor de celebrarlo que hablando de él. Recordándole. Dándole las gracias.

Porque Juan fue muchas cosas para mí.

Primero fue aquel mago imposible que aparecía en la televisión y conseguía que un niño se quedara completamente hipnotizado delante de la pantalla. Después fue mi maestro. Y, con el paso de los años, ocurrió algo que aquel niño jamás habría podido imaginar: tuve la inmensa suerte de compartir con él clases, cenas, conversaciones, madrugadas, barajas, risas, historias… e incluso un escenario.

Cuando alguien ha influido tanto en tu vida es difícil encontrar las palabras adecuadas. Seguramente estas se queden cortas.

Pero hoy quiero intentarlo.

El mago del “Un, Dos, Tres” que me hizo querer ser mago

Yo era muy pequeño cuando vi a Juan por primera vez en el “Un, Dos, Tres”.

Allí estaba aquel señor de melena alborotada, gafas enormes y violín, que parecía disfrutar de la magia incluso más que quienes la estábamos viendo. Se reía, gritaba, hacía sonar aquel inolvidable “¡Chantatachán!” y convertía cada juego en una pequeña fiesta.

Recuerdo especialmente uno.

No sabría explicar qué ocurrió exactamente dentro de mi cabeza aquel día, pero aquel juego se quedó grabado para siempre. De esos recuerdos de infancia que no sabes por qué permanecen intactos mientras otros desaparecen.

Y hay algo especialmente bonito en todo esto: tantos años después, ese juego sigue formando parte de mi repertorio y continúa siendo uno de los que más hago ante el público.

Cada vez que lo presento sucede algo extraño y precioso. Durante unos minutos dejo de ser el mago que está sobre el escenario y vuelvo a ser aquel niño sentado delante de la televisión, mirando a Juan con los ojos como platos y pensando una sola cosa:

Yo quiero hacer eso.

No fui el único.

El mago Mique lo resumía estos días con una frase en la que me reconozco por completo:

“Juan ha conseguido hacer que muchos niños y niñas de mi generación pensásemos que podíamos vivir de la magia”.

Conmigo lo consiguió.

Y eso es algo que nunca podré agradecerle lo suficiente.

1999: la primera vez que le vi en directo

En 1999 tenía 19 años y por fin pude ver a Juan actuar en directo.

Hasta entonces conocía al Juan de la televisión. Al personaje enorme, divertido, disparatado e inconfundible que atravesaba la pantalla.

Pero verlo a unos metros de distancia era otra cosa.

La energía. Las carcajadas. La manera de mirar al público. Esa sensación de que estaba disfrutando cada segundo como si fuese la primera vez que hacía magia. Y, sobre todo, ver cómo unas cartas podían hacer cosas absolutamente imposibles delante de tus propias narices.

Ese año conseguí también mi primera fotografía con él.

Juan Tamariz y Julio Sánchez en 1999, su primera foto juntos

Mi primera foto con Juan Tamariz, en 1999. Yo tenía 19 años.

Miro ahora esa fotografía y me hace sonreír.

Yo tengo exactamente la cara que cabría esperar de alguien que acaba de hacerse una foto con uno de sus mayores ídolos.

Juan, en cambio, tiene esa sonrisa de pillo tan suya. Esa expresión que parecía decirte que estaba a punto de ocurrir algo maravilloso.

Por supuesto, aquel chico de 19 años no podía imaginar todo lo que vendría después.

2008: alumno de su escuela de magia

En 2008 me apunté a la escuela de magia de Juan Tamariz en Madrid.

Y ahí ocurrió algo extraordinario: aquel hombre al que había admirado durante tantos años dejó de ser solamente “el mago de la televisión”.

Se convirtió en maestro.

Pero aquella escuela me dio mucho más de lo que yo había ido a buscar.

Allí conocí a Elena Torner, que hoy es mi mujer.

Y allí conocí también a Germán Mata, uno de mis grandes amigos y fundador de la Compañía Magia Majara.

Así que a Juan no solo le debo la magia. También le debo, de alguna manera, haber encontrado allí a algunas de las personas más importantes de mi vida.

A partir de entonces nuestros caminos se cruzaron muchísimas veces.

Hubo clases en las que Juan aparecía y, de repente, todo se detenía. Daba igual lo que estuvieras haciendo. Juan empezaba a hablar y todos queríamos escuchar.

Porque podía estar explicando una técnica, una teoría, una idea aparentemente diminuta o simplemente contando una historia, pero siempre terminabas aprendiendo algo.

Juan Tamariz enseñando cartomagia a sus alumnos en una mesa de tapete verde

Juan en clase: un tapete verde, una baraja y todos pendientes de sus manos.

Y luego estaban las cenas.

Aunque llamar “cenas” a aquello quizá sea quedarse bastante corto.

Eran cenas que se convertían en sobremesas. Las sobremesas se convertían en sesiones de magia. Y las sesiones de magia terminaban, muchas veces, cuando empezaba a amanecer.

Siempre había una baraja sobre la mesa.

Siempre había una idea más.

Siempre aparecía un juego que alguien quería enseñarle o que Juan quería enseñarnos.

“Uno más”.

Y después otro.

Y otro.

Podían ser la una, las tres o las seis de la mañana. El reloj parecía tener bastante poca autoridad cuando Juan tenía una baraja entre las manos.

También tuve la enorme suerte de visitar su casa y la de su hija Ana. Y allí ocurría exactamente lo mismo: la magia estaba en todas partes. No solamente en las cartas, en los libros o en los objetos. Estaba en las conversaciones, en las historias, en la manera de pensar.

El escritor y mago Ramón Mayrata lo expresó perfectamente: para Juan “la magia siempre estaba presente”.

Y quienes tuvimos el privilegio de pasar tiempo con él sabemos exactamente lo que significa esa frase.

Juan Tamariz haciendo magia con cartas en una sobremesa rodeado de magos

Así terminaban muchas cenas: Juan con las cartas en la mano y todos alrededor.

Juan Tamariz con los tres magos de Magia Majara y otros alumnos alrededor de una mesa llena de cartas, en casa de Ana Tamariz

En casa de Ana Tamariz, estudiando con Juan «La carta rota y recompuesta». Ahí estamos los tres de Magia Majara.

Elena, Juan Tamariz y Julio Sánchez en la escuela de magia

Con Elena y con Juan en la escuela.

Ahora, cuando recuerdo aquellas noches, soy todavía más consciente del regalo que fueron.

En aquel momento simplemente las vivíamos.

Hoy sé que estábamos sentados alrededor de una mesa escuchando a una de las personas que cambió para siempre la historia de la magia.

Y nosotros teníamos la suerte de poder preguntarle, escucharle, reírnos con él y verle coger otra vez la baraja porque se le acababa de ocurrir algo.

Qué privilegio.

Mucho más que un maestro de magia

Resultaría fácil hablar de Juan utilizando solamente sus logros.

Fue campeón del mundo de magia con cartas en 1973. Escribió libros fundamentales que estudian magos de todo el planeta, como Los cinco puntos mágicos o La vía mágica. Recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Su manera de entender la cartomagia cambió para siempre nuestra profesión.

Todo eso forma parte de su historia.

Pero cuando pienso en lo que Juan me enseñó, lo primero que recuerdo no es una técnica.

Ni un pase.

Ni siquiera un juego.

Lo que recuerdo es su amor descomunal por la magia.

Juan quería la magia de una manera casi contagiosa.

Le brillaban los ojos hablando de ella.

Podía llevar toda una vida haciendo juegos y seguir emocionándose ante una buena idea como si acabara de descubrir la magia aquella misma tarde.

Y eso era probablemente una de sus mayores enseñanzas.

Nos hizo entender que aquello que teníamos entre las manos era algo precioso. Que un juego no era solamente un secreto, una técnica o una sucesión de movimientos. Que detrás podía haber emoción, humor, misterio, belleza, imaginación.

Que la magia merecía ser cuidada.

Y que había que quererla.

Mucho.

Siempre fue maestro, dentro y fuera del aula.

Jorge Blass lo definió así al despedirle:

“Juan era mucho más que un mago extraordinario, era un maestro que ha creado escuela”.

Y es imposible explicar la magia española de las últimas décadas sin comprender lo que significa esa frase.

Porque Juan no creó solamente juegos.

Creó magos.

Creó una manera de pensar.

Creó una forma de mirar la magia.

Toda una generación aprendimos, de una forma u otra, a verla a través de sus ojos.

Él mismo resumía nuestro oficio con una idea que hoy resulta todavía más emocionante:

“Dar ilusión para que la gente luego se enfrente a la realidad con más fuerza, con más energía, con más capacidad.”

Creo que pocas frases explican mejor por qué merece la pena hacer magia.

Juan Tamariz con su chistera morada junto a Julio Sánchez

Juan con su chistera morada y su sonrisa de siempre.

Juan Tamariz haciendo magia de cerca con cartas sobre un tapete, rodeado de público

Magia de cerca con Juan: imposible quitarle ojo.

2011: compartir escenario con mi maestro

Y entonces llegó una de esas noches que uno guarda en un lugar especial de la memoria.

El 6 de junio de 2011, Elena y yo actuamos por primera vez en un gran escenario: la Sala Galileo Galilei de Madrid, delante de más de 400 personas.

Ya solamente eso habría convertido aquella noche en algo inolvidable.

Pero además no era una gala cualquiera.

Se llamaba Carroll en el País de las Maravillas, un homenaje al gran Pepe Carroll.

Y en aquel cartel estaban Jorge Blass, Luis Piedrahita…

y Juan Tamariz.

Cartel de la gala Carroll en el País de las Maravillas con Juan Tamariz, Jorge Blass, Luis Piedrahita, Elena y Julio Sánchez en la Sala Galileo Galilei

El cartel de la gala homenaje a Pepe Carroll: Sala Galileo Galilei, 6 de junio de 2011.

A veces la vida tiene estas cosas.

Un día eres un niño viendo a Juan Tamariz por televisión pensando que quieres ser mago.

Años después estás entre bambalinas esperando tu turno para salir a actuar… y Juan Tamariz está en ese mismo escenario.

Todavía conservo una fotografía de la hoja con el orden de actuación que estaba colgada entre bambalinas.

Elena salía tercera.

Yo, cuarto.

Después Jorge Blass y Luis Piedrahita.

Y cerraba Juan Tamariz.

Hoja con el orden de actuación de la gala homenaje a Pepe Carroll en la Sala Galileo, cerrada por Juan Tamariz

El orden de actuación de aquella noche. Cerraba Juan Tamariz.

Puede parecer solamente un papel.

Para mí es muchísimo más.

Es una de esas pequeñas pruebas de que algunas cosas que uno soñaba de niño terminaron ocurriendo de verdad.

Germán Mata, mi compañero de escuela y fundador de Magia Majara, también formaba parte de aquella gala.

Saludo final de la gala homenaje a Pepe Carroll en la Sala Galileo Galilei con Juan Tamariz

El saludo final en la Sala Galileo. Juan, a la izquierda, con su chistera morada.

Cuando miro ahora esta fotografía no pienso tanto en quién estaba en aquel escenario.

Pienso en la suerte.

La inmensa suerte de haber podido vivirlo.

La última foto

La última fotografía que tengo con Juan es de 2024.

Estamos en una comida, rodeados de amigos.

Y, naturalmente, hay una baraja sobre la mesa.

¿Cómo iba a ser de otra manera?

Juan Tamariz de pie junto a Julio Sánchez y dos amigas en 2024, el último día que se vieron

Mi última foto con Juan, en 2024. Veinticinco años después de la primera.

Juan Tamariz al fondo de una mesa larga con Julio Sánchez y un grupo de amigos en 2024 Juan Tamariz en 2024 en una comida con amigos alrededor de una mesa larga

Aquel día, alrededor de la mesa, como tantas otras veces.

Entre aquella primera fotografía de 1999 y esta última han pasado veinticinco años.

Y hay algo que me emociona especialmente cuando las miro juntas.

He cambiado yo.

Ha cambiado mi vida.

Han pasado cientos de actuaciones, miles de juegos, escenarios, viajes, alumnos, amigos y muchísimas horas de magia.

Pero en las dos fotografías hay algo exactamente igual.

Mi sonrisa.

Sigo teniendo la misma cara de felicidad que aquel chico de 19 años al hacerse una foto junto a su ídolo.

Supongo que hay personas ante las que uno nunca deja completamente de ser un niño.

Gracias, Juan

Juan nos dejó el 18 de agosto de 2026, a los 83 años.

Karim González recordaba estos días que “estuvo haciendo magia casi hasta el final”.

No creo que hubiera podido ser de otra manera.

Porque para Juan la magia nunca fue simplemente una profesión.

Era una forma de estar en el mundo.

La magia española le debe muchísimo.

Yo también.

Le debo aquellas tardes delante de la televisión.

Le debo haberme hecho pensar, cuando era un niño, que dedicarse a aquello podía ser una vida posible.

Le debo tantas horas de aprendizaje.

Le debo conversaciones, risas, juegos, madrugadas y recuerdos.

Le debo la emoción de compartir escenario con quien había sido uno de mis grandes ídolos.

Y, sobre todo, le debo haberme enseñado algo que intento no olvidar nunca:

que la magia hay que quererla.

Que hay que disfrutarla.

Que hay que cuidarla.

Y que, cuando funciona de verdad, durante unos segundos puede devolvernos a todos un poquito de aquella capacidad de asombro que teníamos cuando éramos niños.

Cada vez que salimos a un escenario con Magia Majara hay algo de todo aquello.

Cada vez que un niño se queda mirando con la boca abierta.

Cada vez que un adulto se ríe mientras intenta comprender qué demonios acaba de ocurrir.

Cada vez que terminamos una actuación felices y comentamos un juego.

Cada vez que aparece una baraja encima de una mesa después de una cena y alguien dice:

“Venga, uno más”.

Ahí está un poquito Juan.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puede dejar alguien después de marcharse: seguir apareciendo, sin estar, en las cosas que hacemos quienes tuvimos la suerte de aprender de él.

Yo tuve una suerte inmensa.

Primero pude admirarte.

Después pude aprender de ti.

Y finalmente pude compartir contigo algunos pedacitos de mi propia vida.

Gracias por todo lo que nos enseñaste.

Gracias por todas las horas.

Gracias por las risas.

Gracias por aquellas madrugadas que nunca parecían terminar.

Gracias por hacer que aquel niño que te veía por televisión quisiera ser mago.

Y gracias, sobre todo, por enseñarnos a querer la magia tanto como tú la querías.

Feliz cumpleaños, maestro.

Seguro que, estés donde estés, todavía queda tiempo para un juego más.

¡Chantatachán!

Elena, Germán y yo aprendimos en su escuela. Si quieres saber más de nosotros, aquí tienes quiénes somos. Y si te apetece vernos en directo, este otoño volvemos al Teatro Fígaro de Madrid con Próxima Parada.